El aroma de la albahaca es capaz de despertar apetitos dormidos. Pero es preciso saber cómo tratarla para no perder su alma en el proceso.
Con provocativa fragancia y sabor, ha sido aprovechada por los italianos en particular, y toda la costa mediterránea en general. Aunque su mención remite a platos como la salsa al pesto o la ensalada capresa, su origen en realidad, se remonta a la India.
Esta hierba aromática suele lograr un buen matrimonio con el tomate, muchas sopas la reciben con gusto al final de la cocción, pero es emblemática en platos de pasta y aderezos para ensaladas. También es posible elaborar aceites y vinagres que hereden su aroma.
Secar sus hojas no es recomendable, ya que pierden su alma en el proceso. Se sugiere en cambio sumergirlas en aceite de oliva, donde mantienen su verdor y lozanía.
Al igual que toda hierba que se precie, a la albahaca se le atribuyen bondades medicinales incluso desde la antigua Grecia. Dioscórides la prescribía para el dolor de cabeza; Plinio la consideraba afrodisíaca, mientras sus contemporáneos la utilizaban en faenas más silvestres: alimentaban con ella a los caballos.
Gracias a que esta planta no pone mayores problemas a la hora de ser cultivada, suele ser invitada a muchos jardines caseros. Claro que tiene sus exigencias: no soporta el frío y prefiere la calidez del sol. Tenerla cerca siempre se agradece, sobre todo cuando es capaz de transformar cualquier salsa con su presencia.
